
Fui la voz que nunca hablaba,
la que todo lo entendía sin pedir,
la que sostenía el mundo en silencio
mientras aprendía a sobrevivir.
Entre sombras y promesas rotas,
con el miedo como ley,
me enseñaron a ser fuerte
olvidándome de quién soy yo también.
Y crecí leyendo el aire,
anticipando el huracán,
con el alma en equilibrio
para no hacer nada estallar.
Pero hoy me elijo a mí,
ya no sostengo tu dolor,
no soy refugio de tus guerras
ni el eco de tu voz.
Hoy abrazo a mi niña herida,
la miro sin temor,
y en sus ojos veo la vida
que por fin me doy yo.
Fui la calma en la tormenta,
la que nunca dijo “no”,
la que aprendió a ser invisible
para esquivar el rencor.
Construí una vida ajena
para poder encajar,
pero dentro había un grito
que no dejaba de llamar.
Y un día abrí la puerta
que juré nunca tocar,
y encontré a esa niña rota
esperándome al final.
Y hoy me elijo a mí,
ya no sostengo tu dolor,
no soy refugio de tus guerras
ni el eco de tu voz.
Hoy abrazo a mi niña herida,
la cuido con amor,
y en sus manos reconstruyo
lo que el miedo destruyó.
No te odio, ya no duele igual,
pero no vuelvo atrás.
No me quedo donde el alma
aprendió a sangrar.
No soy deuda, no soy culpa,
no soy lo que esperas ver,
soy la historia que renace
cuando aprende a renacer.
Hoy me libero al fin,
dejo el peso que cargué,
no soy niña en esa casa,
ya no vivo en ese ayer.
Hoy camino sin cadenas,
aprendiendo a respirar,
como un pájaro que escapa
y no vuelve nunca más.
Y si alguna vez me llamas,
ya no voy a responder,
porque al fin me pertenezco…
y aprendí a sostenerme a mí también.